Eso me ahorra muchos disgustos, porque el final típico y manido "se despertó sudoroso y exhaló un suspiro de alivio: todo había sido un sueño", está tan usado que da náuseas.
Después pasa un tiempo en el que no hago nada. Aunque no exactamente. Pienso mucho en ese final, le doy forma, le relleno de detalles. El cuento avanza hacia atrás, poco a poco, hasta el principio. Y cuando he llegado a un principio aceptable, en ese instante, es cuando comienzo a escribir.
A menudo lo que escribo no es exactamente lo que tenía pensado. Pero son detalles nimios que no afectan al esquema global del relato.
Normalmente es así. Pero reconozco que no siempre. A veces la inspiración te juega una mala pasada y te coloca justo en el centro del relato, en el nudo. Entonces estoy obligado a buscar un final aceptable y después, desde el final, volver a retroceder hasta el principio. Es un trabajo más complejo, pero aún puede hacerse.
Como decía Heinlein: "no comienzo a escribir antes de oírles hablar". ¡Y discutir!
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